Historias y curiosidades del arte jondo
El flamenco y su tradición oral
El flamenco se ha transmitido de generación en generación a través de la voz y la memoria. Es un arte que no nació en los libros, sino en las calles, en los patios, en los cafés cantantes flamencos y en las comidas familiares. Entre los cantes y los toques, siempre ha habido espacio para las risas y los recuerdos de noches inolvidables.
Muchas de estas historias han pasado de boca en boca durante décadas. Algunas pueden haberse transformado con el tiempo, otras seguramente hayan sido adornadas. Pero lo cierto es que todas forman parte del universo flamenco y de los personajes que le dieron vida (¡que no son pocos!)
Así que, sin más preámbulos, aquí van algunas de esas anécdotas, contadas como llegaron a quienes las han compartido a lo largo de los años.
Historias de genios y momentos inolvidables
La Niña de los Peines y el duende que nadie esperaba
Federico García Lorca, en su famoso ensayo Teoría y juego del duende, relató una historia sobre Pastora Pavón, La Niña de los Peines, una de las cantaoras más grandes de todos los tiempos. Su voz tenía una profundidad que no se podía explicar, pero también sabía que el público no siempre se deja llevar fácilmente.
Se dice que una noche, en una taberna de Cádiz, intentó arrancar la emoción de los que la escuchaban. Probó con todos los recursos que tenía como melismas, matices, fuerza, sensibilidad… Pero nada. Nadie reaccionaba.
Desesperada, en un gesto de rabia y orgullo, se levantó, bebió de un solo trago un vaso de cazalla y se sentó de nuevo, sin preocuparse por nada más que por cantar. No buscó la perfección, no pensó en el virtuosismo. Simplemente dejó que su voz saliera como le nacía en ese momento.
Y entonces ocurrió. De pronto, los que antes estaban callados comenzaron a quedarse hipnotizados. Algo se había roto en el aire, algo que no se podía explicar con palabras. Lo que no había conseguido con la técnica, lo logró con la entrega total, con su duende…
Cuando años después le preguntaron si aquella historia era cierta, la propia Pastora lo negó rotundamente. Pero, cierta o no, la anécdota quedó para siempre, reflejando ese tópico entre esa lucha interna entre la técnica y el duende, entre el control y la entrega total que define al flamenco.

Manolito el de Jerez y su fama de tacaño
Los flamencos han tenido siempre un talento especial para el humor, y algunos han pasado a la historia no solo por su arte, sino por su forma de ser. Es el caso de Manolito el de Jerez, que era tan tacaño que incluso le costaba dar la hora.
Fernando el de Triana, que lo conocía bien, contó que en una ocasión le pidió la hora porque su reloj se había parado. Manolito sacó su reloj de oro de 18 quilates, lo miró y lo guardó de nuevo sin decir nada.
—Pero Manolo, ¿qué hora es? —insistió.
Y la respuesta de Manolito fue clara:
—¿Qué hora es?, lo menos te crees tú, ni nadie, que yo me he gastao sesenta duros en mi reloj pa que sepa ca uno la hora que es…
A partir de entonces, quedó claro que lo suyo no era la generosidad.
Beni de Cádiz y la respuesta del Cojo Peroche
El flamenco en Cádiz tiene algo especial. Es una mezcla de arte y chispa, de humor rápido y espontáneo. Nadie encarnaba eso mejor que Beni de Cádiz.
Un día, paseando con el Cojo Peroche, se detuvo frente a la casa donde había nacido José María Pemán. En la fachada había una placa que decía: Aquí nació el ilustre gaditano José María Pemán.
—Cojo, mira lo que dice ahí: Aquí nació el ilustre gaditano José María Pemán. ¿Qué pondrán de mí en mi casa cuando yo me muera?
El Cojo Peroche no tardó ni un segundo en contestar:
—Se vende, Beni. Se vende.
Así de rápido, así de sencillo. No hacía falta más.

Pericón de Cádiz y la explosión de San Severiano
Si hay un maestro del cuento en el flamenco, ese es Pericón de Cádiz. Sus historias tenían algo que las hacía irresistibles, aunque cualquiera que las escuchara supiera que estaban llenas de exageraciones. Pericón de Cádiz tenía tal habilidad para inventar y exagerar historias que incluso llegó a inspirar un libro titulado Las mil y una historias del Pericón de Cádiz.
Contaba que cuando ocurrió la explosión de San Severiano, en Cádiz, un niño salió volando por el aire y apareció dando volteretas en la plaza de toros. Milagrosamente, llegó sin un rasguño, aunque desnudo, porque la onda expansiva le había arrancado la ropa.
También aseguraba que un borrico que iba cruzando un puente perdió la cabeza, pero su jinete siguió montado en él.
Historias como estas las contaba con tal convicción que nadie podía evitar escucharlas hasta el final.
Manuel Vallejo y su devoción inquebrantable
El cantaor Manuel Vallejo era un ferviente devoto de la Semana Santa y en especial del “Gran Poder”. En 1934, se encontraba en Madrid a punto de partir hacia América, donde tenía un contrato para grabar discos.
Pero aquel día era Jueves Santo, y la idea de estar lejos de Sevilla en esas fechas le resultaba insoportable. Pensó en la Macarena saliendo a la calle, en el Gran Poder recorriendo la plaza de San Lorenzo…
¡No pudo más!
—¡Se acabó! Nos vamos a Sevilla. Si me denuncian por no cumplir el contrato, que lo hagan.
Y sin dudarlo, cambió su destino. Así era él. No había contrato que valiera más que estar allí en ese momento.
El Niño de Marchena
El nombre de Pepe Marchena o El Niño de Marchena no fue idea suya. Cuando era joven, su talento llegó a los oídos de Antonio Chacón, que le preguntó cómo se llamaba.
—Yo, José Tejada.
—¿Y de dónde eres?
—De Marchena.
—El Niño de Marchena.
Y así se quedó…

Sabicas y su amor por las habas
A veces, los nombres artísticos surgen de la forma más inesperada. Sabicas, el gran guitarrista, recibió su apodo por algo tan simple como su amor por las habas.
De niño, cada vez que la criada llegaba con la compra, metía la mano en la cesta y se las comía con cáscara y todo.
—Mi mamá me miraba: ‘Pero, hijo mío, estás na más que con las habas. Te voy a poner habas, y habas, habas, habicas’.
— Y de las habas, la-s-habicas, me quedó Sabicas.
Con los años, ese nombre se convirtió en leyenda.
Hoy, esos momentos siguen ocurriendo. No hay que remontarse a otra época para encontrar este tipo de anécdotas. Basta con sentarse en un tablao como el nuestro. Lo que pasa entre esas tablas queda en la memoria de quienes lo viven, como ha ocurrido siempre en el flamenco.
Quién sabe, quizá dentro de unos años alguien cuente una historia que empezó justo aquí…